domingo, 9 de enero de 2011

La economía tampoco existe

La vida entera es un test de Rorschach. Miras a tu alrededor, o en tu interior, y lo que ves te sugiere algo. Si lo viese otro, seguramente la impresión sería otra. La realidad absoluta no existe, la esculpimos nosotros, aunque quizá no con libertad, sino influenciados por culturas y por nuestra propia personalidad, entre otros factores.

El que tiene esto presente en su día a día puede elegir emprender un camino al misticismo, o hacer del sarcasmo su forma de vida. Aunque tal vez sea lo mismo.



Pero a menudo no estamos solos en estas construcciones de lo que llamamos realidad, y compartimos con un colectivo amplio la misma visión de algunos de sus aspectos. Repito, puede que de forma impuesta.

Por supuesto la economía es una de esas mentiras colectivas. Realmente, lo más parecido a lo que la gente de a pie llamaríamos economía "de verdad" es el trueque, entendido como el intercambio de bienes que tienen utilidad práctica, siendo ése su único valor para nosotros.

Todo lo demás es especulación, un "pongámonos de acuerdo en que esto vale tanto", una mera interpretación al capricho de la arbitrariedad o de los intereses del listo de turno, y que al final nos tragamos todos, participando del tinglado.

Y esta especulación, esta mentira, comienza por el propio dinero. Así que no es nada inventado en Wall Street, ni siquiera en las inmobiliarias españolas, existe desde que a la avaricia humana se le ocurrió una forma de sacarle partido al "trueque a futuro", hace miles de años. Una avaricia que está en nuestra naturaleza y que no cambiará nunca.

¿De quién es la culpa de la crisis? Individualmente, de nadie. Colectivamente, de todos. Incluso del ciudadano tipo que cuando en la época de bonanza ahorró un dinerito, decidió invertirlo en un segundo -o enésimo- piso para aprovecharse de la vorágine especulativa, contribuyendo al encarecimiento suicida de la vivienda y alejándola del acceso de los jóvenes mileuristas.

Todos participaban de la mentira. Total, ya lo era, sólo se trataba de exagerarla más, de ponerla a prueba a ver hasta donde aguantaba. Algunos lo sabían perfectamente y otros simplemente se dejaban llevar, los mismos que se acojonaron cuando ocurrió el descalabro masivo en EEUU de las hipotecas basura. No hubiese pasado nada si, como hasta entonces, hubiésemos revalorizado lo que hiciese falta para que la bola siguiese rodando, pero como digo, hubo quién se escandalizó y dijo que todo aquello era mentira (¡oh!, sorpresa).

Entonces tuvo lugar el colapso: ya no todo el mundo quería participar de lo que siempre fue un invento. Es como cuando al dueño del balón le sienta mal ir perdiendo y dice "me vuelvo a casa con la pelota".

O como cuando una empresa tiene unos activos valorados en una cantidad, y un organismo con poder dice que no, que eso vale menos. La empresa a la mierda.

O como cuando un señor del Wall Street Journal escribe un artículo sobre lo mal que está la economía en Europa, y la bolsa europea se pega un batacazo al día siguiente. El presidente del Banco Central Europeo dice que no, que la cosa va, jodida, pero va, y la bolsa se recupera sobre la marcha. ¿Es que han cambiado las empresas que cotizaban, sus políticas o sus balances? ¿En dos días?

Pues eso.

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