domingo, 19 de diciembre de 2010

Alfareros de cerebros

Nunca he sido muy espabilado, pero si a una condición natural se le suman gratuitamente otras cargas no merecidas, corvamos innecesariamente la chepa del nene, ya se trate de mí o de cualquier otro.

De pequeño arrastraba con el estigma de no saber diferenciar lo que era girar a la izquierda o a la derecha. Cuando alguien me pedía que girara una llave a la derecha, por ejemplo, me quedaba bloqueado sin poder decidir. Pero cuando percibía la irritante condescendencia del peticionario por mi supuesta torpeza, yo estallaba preguntando "¡¿lo de arriba o lo de abajo?!", una cuestión que, lejos de ser meditada, era tachada de absurda y precipitaba mi etiquetado: este niño no se entera. Lo paradójico era me enteraba demasiado bien.



Descubrir los convenios, ése era mi reto como nuevo habitante del mundo, y en esta cuestión de los giros, mi único problema. Si es que podemos llamarlo problema. 

En mi caso esto es anecdótico, pero mirado con amplitud, deja entrever un defecto de los sistemas de enseñanza colectivos.

Los niños carecen al principio de las limitadas visiones que imponen los convenios. Esto hace que el espacio que les rodea sea inmenso, susceptible a infinitas interpretaciones. Pero con el fin de hacer más eficiente su aportación a la manada, se les moldea el cerebro, como si fuese de barro, para que participen de una forma determinada de ver el mundo. Esto en teoría rentabiliza sus esfuerzos, ahora ya más encauzados, pero también cercena otras visiones y limita la creatividad. Lo peor, sin embargo, es que se corre el riesgo de relegar a chicos realmente válidos.


Un profesor puede exponer un sencillo problema en clase. Todos aquellos que participen de cierta visión colectiva que limite adecuadamente la infinidad de interpretaciones posibles, que rellene de manera automática con datos los aspectos no explicitados -siempre los hay o sería imposible enunciar un problema-, que comparta numerosos axiomas o "porque síes", en definitiva, los que posean un cerebro lo suficientemente moldeado, darán con la solución que el profesor quiere oír. 

El que tenga una visión demasiado amplia puede quedarse bloqueado ante una inmensidad de caminos que sólo él ve. Y pocos se dignarían a rescatarlo. Como mucho, se insistirá en el moldeado de su cerebro, y si así tampoco encuentra el camino previsto, se le dejará perdido en el bosque. Un bosque que quizá ve con el esplendor al que otros no alcanzan, algo que podría ser útil para encontrar mejores caminos, pero aunque no lo fuese, podría tratarse, simplemente, de una maravillosa visión del mundo.

Decía Asimov, antes de la gran penetración de Internet en los hogares, que una de las ventajas que tendría la red sería la de la educación individualizada -más entendida como autodidacta-, adaptada al ritmo y a las inquietudes de cada uno. Pienso que esto es algo que no sólo ayuda a superar los problemas de adaptación en la educación colectiva, sino que también es un ejercicio de libertad.


2 comentarios:

  1. Los convenios son necesarios para que avance el mundo. Somos enanos subidos a hombros de gigantes y sin esos gigantes seguiríamos viviendo en cuevas y muriendo de peste. Lo importante es encontrar el equilibrio y que lo heredado no se superponga a lo propio y lo deshaga, porque entonces sí que se produce la relegación. Los gustos se cultivan. También el criterio y la libertad.

    ResponderEliminar
  2. Estoy de acuerdo. Sin embargo, el equilibrio es algo delicado de fijar, por eso creo que es un problema que no puede resolverse por completo.

    ResponderEliminar