domingo, 5 de septiembre de 2010

Sin paciencia para los RPG

El otro día decidí echar un rato a Vagrant Story, una de las más impresionantes joyas de los videojuegos. Antaño técnicamente prodigioso (sorprende lo que fueron capaces de hacer), y hoy todavía una inspirada exhibición de jugabilidad que incluso mantiene frescura, pero sobre todo, poseedor de unos valores artísticos deslumbrantes, desde los diseños hasta el guión, pasando por la música.


Es uno de esos juegos antiguos que son compatibles con las pautas evolutivas de la actualidad, por lo que puede recomendarse sin más salvedades que las técnicas, aunque como he dicho, incluso sorprende si uno se hace cargo de los bits de entonces. La complejidad de su inglés, una curiosa mezcla de jerga callejera y medieval, no es suficiente para reprimirse.

Las opciones jugables son inmensas. Los menús de configuración del personaje y su equipo son abrumadores. El mapeado llega a ser laberíntico. Y los secretos que encierran los objetos y criaturas de Leá Monde dan para infinidad de sorpresas.

Sin embargo, este excelente punto de partida que supone un juego así, más las ganas de retomarlo, más la imposibilidad de poder encender la PS3 el otro día, no fueron suficientes para engancharme de nuevo al juego, pese a cortar la consola con renovada admiración hacia él.

La culpa no es del juego, que ya digo que es perfectamente recomendable hoy, simplemente para mí son otros tiempos. No me apetece navegar horas configurando personajes, y tampoco quiero avanzar sabiendo que dejo cosas interesantes por saborear. El juego exige dedicación y yo no se la puedo ofrecer.

Me cuesta horrores terminar los RPG modernos que pasan por mis manos. Sólo el incentivo de un posible final sorprendente me sirve de ayuda para seguir.

El género de los RPG cada vez se me escapa más. Quizá vuelvan esos tiempos en los que me encantaba pasar horas escudriñando los entresijos de estos juegos, pero hoy en día me cuesta mucho. Es como pedirle a un niño de cuatro años que medite durante horas...

Lástima. La de pasta que me ahorraría teniendo en cuenta lo que duran.

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